Imagen: "Barco sonámbulo", Pavel Bergr

16 de septiembre de 2014

La equilibrista II


Pintura: Duy Huynh


Hubo un tiempo feroz en que algunos decían “¡Blanco, Blanco, Blanco!”, y otros decían “¡Negro, Negro, Negro!”. A continuación se lastimaban entre sí hasta que uno de los dos ganaba y el otro desaparecía. Luego, todo volvía a empezar. 


Pero un buen día apareció ella. La equilibrista se paseó delante de todo el pueblo, de pie sobre un animal nunca visto. Realizó varias piruetas con su aro, saltó sobre el lomo del animal, hizo la vertical sosteniéndose solo con el dedo índice de su mano izquierda. 


La gente la miraba, miraba aquel animal incomprensible, y no sabía qué hacer. 
Hasta que uno empezó a aplaudir. Y después otro. 


Cuando todos aplaudieron, la equilibrista agradeció con una gran reverencia, y se marchó.




9 de septiembre de 2014

El recolector de ideas


Pintura: Duy Huynh


Hay gente que deja ideas tiradas por ahí como si tal cosa. Como si no valieran nada.Creen que una idea, para valer algo, tiene que ser una gran idea. Y las grandes ideas- las que cambian el curso de la Historia-las piensan los grandes hombres o las grandes mujeres.

La mayoría de las personas piensa que sus ideas pequeñitas no tienen importancia. Ni siquiera se dan cuenta de que son ideas. Creen que se trata de un ruido molesto que da vueltas en su cabeza. Entonces, apenas pueden se deshacen de él.

Así, el recolector va encontrando y recogiendo pequeñas ideas. Algunas son verdaderos tesoros. Otras no se sabe para qué sirven pero también las guarda, por las dudas. Algunas ideas huelen muy mal: a esas las entierra, para que no contaminen el aire con su podredumbre. Otras son ideas prematuras: a esas las coloca en un bolsillo especial y las deja allí un tiempo- abrigadas y a oscuras-  para que terminen de formarse. Hay ideas tímidas y pudorosas, y otras osadas y chanchas. Hay ideas frescas, rancias, vanguardistas y pasadas de moda. Hay tantas ideas que el recolector ya no sabe dónde ponerlas.


Si alguien no puede dormir; si no sabe qué hacer un domingo lluvioso, o a qué jugar con sus hijos, qué color de vestido usar ese día, cómo escalar una montaña o hacer una torta de limón, qué decirle a su amigo cuando está triste, o lo que sea: en ese caso, no tienen más que llamar al recolector de ideas. Seguro que alguna le va a servir.




4 de septiembre de 2014

El escritor


Pintura: Duyh Hyunh



Como todos, él camina. Y mientras camina, se pregunta. Y para no olvidar ninguna pregunta, escribe.

Cuando otros caminantes se topan con las preguntas, las leen con atención. Algunos se hacen nuevas preguntas. Otros -que buscaban respuestas- hacen un bollito con el papel y lo arrojan bien lejos. 

Algunos bollitos se transforman en árboles de algodón que flotan por ahí, buscando dónde echar raíces.





31 de agosto de 2014

La equilibrista


Pintura: Duy Huynh


Antes de que ella naciera, el mundo solía girar a una velocidad inaudita. Tan rápido, que todo se caía: las personas, los animales, los árboles, los mares, todo salía disparado por una gran fuerza centrífuga. Poco después, el mundo recuperaba su ritmo normal, pero no duraba mucho: cuando menos lo esperaban, la Tierra empezaba a girar enloquecida y sobrevenía un nuevo fin.

Apenas nació, ella se incorporó y se paró firme sobre sus dos pies. 
Y sus dos pies se pararon firmes sobre el mundo. 
Y moviendo sus pies con cuidado-un poquito más para acá, un poquito más para allá- ella descubrió que podía controlar el movimiento del mundo. 

Así, cada vez que el mundo comienza a girar enloquecido, la equilibrista mueve sus pies- un poco para allá, un poco para acá-y logra retener a las personas, las casas, los árboles y los mares en su lugar.

Ella quisiera descubrir cuál es la velocidad exacta, qué giro perfecto haría que todo esté realmente donde debería estar. Y aunque no sabe si alguna vez logrará descubrirlo, cada día se ocupa de mover sus pies: un poco más para acá, un poco más para allá. 





24 de agosto de 2014

El pintor


Imagen: Duy Huynh



El pintor llegó, abrió la escalera, se sentó arriba y sacó una tiza de su bolsillo. 
Luego dibujó en el aire la silueta de un caballo.
El caballo salió galopando y se perdió entre los árboles.

Al otro día, el pintor se subió a la escalera y dibujó en el aire la silueta de un jinete.
El jinete miró en todas direcciones y salió en busca del caballo.

El tercer día, el pintor se subió a la escalera y dibujó en el aire la silueta de un corazón.
El corazón comenzó a latir y salió volando, en busca de un cuerpo.

El cuarto día, el pintor se subió a la escalera y dibujó en el aire la silueta de una red.
La red se elevó flotando, en busca de algo que atrapar.

El quinto día, el pintor se subió a la escalera y dibujó en el aire la silueta de una mujer dormida.
La mujer soñó con un caballo y un jinete, que atrapaba un corazón con una red.

El sexto día, la mujer despertó.

El séptimo día, el pintor cerró la escalera, guardó la tiza en su bolsillo, y se fue.



15 de agosto de 2014

El viaje



Ilustración: Beatriz Martín Vidal


Encontré al alquimista en el patio de una casa deshabitada.
Sentado en una reposera deshojaba margaritas y bebía té, a sorbos lentos.

El hombre tomó mis manos, las miró un rato y dijo:
- ¿Estás preparada para el viaje?
- Sí- contesté, y mi voz parecía llegar desde otro lado.
- ¿Cuánto tiempo vas a viajar?
- No llevo reloj- dije.
-Te vas a sentir muy sola- me advirtió-. Nadie te reconocerá. Y aunque creas que alguna voz, un rostro, cierta manera de caminar, una ventana te resulten familiares, serás todo el tiempo una extranjera.

- Si me quedo aquí, también seré siempre una extranjera.

El viejo sonrió a los corazones deshojados de las margaritas.

-Buen viaje entonces.




29 de julio de 2014

La guardiana de la Luna


Pintura: Duy Huynh

I
Muchos creen que la Luna siempre estuvo allí.  Y que siempre va a estar.  Pero no.

Alguna vez el cielo fue negro, negro como la boca de una fiera, negro como un grito, negro como un agujero. Cuando el sol comenzaba a ocultarse, la gente corría a meterse en sus casas, porque si la noche los encontraba afuera se los tragaba y nadie volvía a saber de ellos. 

Los hombres y las mujeres intentaban burlar a la noche con velas, con antorchas, con hogueras. Pero la noche se aliaba con el viento y la lluvia y, en segundos, el fuego se apagaba, desaparecía, era devorado por la noche.
Al final de cada día las personas dormían intranquilas en sus casas, como si  afuera la vida se hubiese acabado.
Hasta que, una vez, hubo un resplandor. No era rojo, anaranjado ni amarillo como el del fuego o el sol. Era un resplandor blanco y helado. La noche dejó de ser un agujero negro y se llenó de luces y sombras, de siluetas de árboles y pájaros. Entonces, tímidamente, la gente salió de sus casas y vio la Luna en el cielo.  La Luna era como una pelota de mármol incandescente, una esfera de piedra que proyectaba una luz pálida y fría. 
La Luna era el sol de la noche.

II
Desde que la gente descubrió la Luna, la noche fue perdiendo poder. Lentamente, amparados por aquella luz lechosa, hombres mujeres y niños se animaron a salir de sus casas. 
Las bodas y los cumpleaños comenzaron a celebrarse en el bosque. Allí se tienden largas mesas cubiertas con manteles blancos; sobre los manteles colocan cuencos con nardos, jazmines y narcisos; las mujeres, los hombres, las niñas y los niños visten de blanco y así, entre todos, multiplican el brillo de la luna, y el bosque es como una gran hoguera de nácar.

III

A la noche no le gusta la Luna. La Luna vino a revelar lo que estaba oculto, el miedo sin nombre. Ahora las personas saben si eso que se mueve afuera es un tigre o un lobo o una liebre, ahora saben si hay peligro o si pueden salir a caminar descalzos por la hierba en las noches de verano.
La noche no hace más que pensar en cómo deshacerse de la Luna.

IV

El día en que la Luna apareció por primera vez , también apareció la guardiana. Pero a la guardiana nadie la vio. En realidad la vieron todos, pero nadie la reconoció. La guardiana de la Luna adopta la forma de una niña, de un anciano, de un joven leñador, de una lavandera. 
La guardiana de la Luna se pasea en medio de todos,  invisible.
Mientras juega en el bosque, fuma en pipa, corta leña o lava ropa en el río, la guardiana se ocupa de que la noche no asesine a la Luna. 

V

La noche no comprende cómo toda su negrura no alcanza para devorar esa luz fría, ese blanco fuego bobo. La noche no sabe que alguien cuida de la Luna, que alguien vela por ella. 

Eso es todo.




26 de julio de 2014

El precio de la felicidad


4 minutos 43 segundos es lo que dura el video de Happy, el tema de Pharrell,  realizado por seis jóvenes iraníes. Por esos 4 minutos 43 segundos de felicidad fueron arrestados, llevados a la cárcel, forzados a desnudarse y exhibidos en la TV estatal como criminales.
Cinco de ellos fueron liberados luego de pagar una fianza de 10.000 dólares.
El director del video aún estaría preso.














21 de julio de 2014

Los músicos


Pintura: Malwina de Brade



Cada uno abandonó su casa hace mucho tiempo. Sin anunciarlo, sin despedirse de nadie, una noche tomaron sus instrumentos y se fueron.
Cada uno caminó largas horas bajo la luna, por un sendero de tierra.
Ninguno sabía adónde se dirigía, pero todos sabían que iban por el camino correcto. 
Finalmente se encontraron, en una encrucijada. Allí los esperaba el carromato, y el cochero de galera, y el caballo  color café con pintas blancas. Entonces los hombres treparon al carro.
Y comenzó el viaje.
Los músicos tocaban sus instrumentos en el carromato, siempre en movimiento. No se detenían en ningún pueblo, en ninguna ciudad. Nadie los veía, pero todos sabían cuándo estaban cerca: el anciano oía las nanas que su madre le cantaba de niño; los niños escuchaban melodías alegres, que bailaban en ronda o batiendo palmas; las mujeres oían un sonido parecido a su propia voz; los hombres oían la canción del océano. Había algunas personas, pocas, que no oían ninguna música. Solo oían el traquetear de las ruedas del carromato por los caminos de tierra, y el ruido de las piedras que golpeaban contra las ruedas. Entonces protestaban durante todo un día, hasta que el ruido de sus voces lograba sofocar el ruido del carro de los músicos, que seguía su viaje hacia otro pueblo.

Los músicos nunca preguntan dónde van, ni si alguna vez terminará el viaje. 

No quieren saberlo.



16 de julio de 2014

La niña que junta estrellas


Imagen: Alaister Magnaldo



Hay una niña que junta estrellas.
Todas las noches sale de su casa y recorre campos, playas y desiertos en busca de estrellas caídas. Las estrellas caídas no son fáciles de ver. 
En el imprevisto descenso pierden el 99% de su luz y, al llegar a la Tierra, no son muy distintas de un guijarro o un terrón de azúcar. 
Pero la niña que junta estrellas las reconoce enseguida. Entre todos los guijarros, ella puede distinguir aquel que brilla como la llama de un fósforo, o como el recuerdo de la llama de un fósforo que acaba de apagarse.
Apenas ve una estrella, la niña la levanta con delicadeza y la coloca en la palma de su mano, formando un cuenco. Luego la tapa ahuecando su otra mano y así se queda unos segundos, para que la estrella entre en calor. Cuando esto sucede, unos hilos de luz intensa comienzan a filtrarse entre sus dedos. Entonces la niña acerca la boca a sus manos- aún cerradas- y le canta una canción a la estrella. Al oír la canción, la estrella recuerda quién es, cómo es su hogar- aquel vasto mar suspendido en la oscuridad- y cuál es la razón de su brillo. La niña entonces abre sus manos y la estrella sale flotando: ya no parece un guijarro ni un terrón de azúcar, parece una estrella.
Así, cada noche, la niña rescata todas las estrellas caídas en los campos, las playas y los desiertos. Luego les ata un piolín y arma varios ramilletes que va soltando aquí y allá, mientras emprende el camino de regreso a su hogar.
Así, cada noche, los hombres y las mujeres se asoman por la ventana de sus casas y miran el cielo lleno de estrellas.  No saben que son estrellas caídas. 
Las estrellas tampoco, ya lo olvidaron. 
Lo que no olvidan es quiénes son, y cuál es la razón de su brillo.


10 de julio de 2014

Mundial


Soy una de tantas mujeres que no ve ni sabe nada de fútbol, pero que se engancha con los mundiales por las razones que solemos esgrimir: por el espectáculo, por la belleza de los estadios (y de algunos jugadores), por la sensación de que cuando se enfrentan una potencia europea y un país latinoamericano o africano, se juega más que un partido de fútbol. Además, la omnipresencia del tema termina ganándonos, por cansancio o contagio.

Ayer, el encuentro Argentina-Holanda nos agarró en la calle y, con O, decidimos ir a verlo a un bar. 

LADO A
El Banderín fue nuestra primera opción. Llegamos a las 17 pasadas y, como era de prever, no cabía un alfiler. Las mesas estaban repletas, había gente de pie, y las cervezas, los cortados, las picadas y los tostados viajaban de la barra a los clientes pasando por las manos de los que quedaban en el medio. En un momento, por la puerta de la esquina se asomó un señor sesentón que, viendo el abarrotado panorama, amagó con pegar la vuelta.
- ¡Washington!- gritó alguien detrás de la barra-. ¡Pasá, pasá!
Entonces, Washington pasó, y le hicieron un lugarcito detrás del mostrador.  
El clima era tan íntimo, alegre y familiar que no daban ganas de irse. Afuera hacía frío, las calles estaban desiertas y esa esquina de Almagro se sentía como un refugio. Así que nos quedamos a ver el primer tiempo de pie, pegados contra la puerta. Delante de nosotros, sentados a una mesa, había una mujer (argentina, con la camiseta de la Selección), su hijito (también con la celeste y blanca) y su hijita, con la camiseta y el sombrero de Holanda. De pie, el papá (holandés, camiseta naranja)  intercambiaba palabras y cervezas con su esposa, y comentaba los dibujitos que sus hijos hacían en las servilletas. También nos previno sonriendo, en su español rudimentario:
"Cuidado con codazos cuando festeje goles Holanda.  3 a 1 va a ser."
"Ah, no sé, eso se verá"le contesté también sonriendo, sin dejar pasar la provocación.

Durante el partido hubo mucho nervio, palabras de aliento, insultos, aplausos, cantitos. Pero lo que más se sentía era la atmósfera de fiesta familiar (de familia que se quiere a pesar de las diferencias, aclaremos).
Así vimos los primeros 45 minutos de Argentina- Holanda. 








 Bar El Banderín ( Fotos Bet Z)


Fin del primer tiempo. La mayoría de los clientes se levantan (fila interminable de mujeres para ir al baño), salen a la calle a fumar, a estirar las piernas y la tensión acumulada. 
Nos gustaría quedarnos, pero la cosa pinta para largo y tenemos ganas de sentarnos. 
Empezamos a caminar en busca de otro bar.


LADO B
Calles semidesiertas. Bares cerrados (un par abiertos, con luces muy fuertes y solo dos mesas ocupadas, una tristeza). Seguimos buscando y llegamos al café de Coronel Díaz y Soler (otro notable, aunque no se parece a los demás). Hay gente, pero quedan un par de mesas libres. Entramos.
En una mesa grande, un grupo de chicos y chicas jóvenes; en otra, cuatro amigas veteranas; en otra, un señor solo; dos chicas sentadas en la barra. La camarera atiende  a los clientes y mira el partido de refilón, sin mucho entusiasmo. La mesa de los jóvenes observa atenta pero tranquila. 
En la mesa de las veteranas, una señora comenta a voz en cuello todas las jugadas, chifla como un camionero, grita, insulta, les desea "un ataque de ACV" a los holandeses, pide que los "maten", que les dé un infarto, critica sus caras, su color de pelo, su piel clara. No parece contenta, ni entusiasmada, ni atenta al partido (más de una vez reacciona ante la repetición de una jugada como si estuviera sucediendo en ese momento). La señora solo hace su show. Quiere que la miren, que le festejen sus gracias y que todos se unan a su vehemente patriotismo y pasión deportiva. 
O. y yo nos miramos consternados. Pero hay quedarse a terminar de ver el partido.

Final del juego: salto de la silla como un resorte ante cada yerro holandés, ante cada gol de Argentina. La veterana se acerca a O. con los brazos abiertos: "Prestámelo un cachito, total vos lo tenés todo el tiempo" dice, y abraza a O efusivamente . Después me toca a mí.
Salimos del bar.


Café Nostalgia (Foto Bet Z)

BONUS TRACK
Mientras caminamos por Coronel Díaz hacia Santa Fe, la calle se va llenando de gente que sale a festejar. Salen con sus camisetas, sus banderas, sus tambores y sus vuvuzelas. Al llegar a Santa Fe ya hay un grupo grande celebrando en la esquina. Un mozo parado en la puerta de la confitería sostiene en una de sus manos la copa dorada. "La vamos a traer" dice, mientras una señora le saca una foto.
Doblamos por Santa Fe hacia Pacífico. Cada vez hay más gente en las calles, pequeñas multitudes marchando y concentrándose en Scalabrini Ortiz, en Plaza Italia. 
Yo también estoy contenta. Es imposible sustraerse al festejo colectivo, y la alegría de los niños es especialmente contagiosa. Pero hay algo en ese desborde, en los llantos desconsolados, en las risas histéricas, en los gritos, que me hace ruido. No sé bien qué hay allí, todo se mezcla en un caldo espeso y difícil de descifrar: la alegría genuina y la impostada; el feliz sentimiento de "patria", de pertenencia a una comunidad, y el peligroso odio al rival, al extranjero, al enemigo. La manifestación de una saludable catarsis y la violencia o frustración contenida y convertida ahora en grito, insulto o revancha. 

De todos modos, y como no puede ser de otra manera, el domingo seré una más, alentando. 


[...]
 “y esta ciudad sin párpados
este país que nunca sueña

de pronto se convierte en el único sitio
donde el aire es mi aire
y la culpa es mi culpa
y en mi cama hay un pozo que es mi pozo
y cuando extiendo el brazo estoy seguro
de la pared que toco o del vacío
y cuando miro el cielo
veo acá mis nubes y allí mi Cruz del Sur
mi alrededor son los ojos de todos
y no me siento al margen
ahora ya sé que no me siento al margen.

Quizá mi única noción de patria
sea esta urgencia de decir Nosotros
quizá mi única noción de patria
sea este regreso al propio desconcierto.”


(Mario Benedetti, Noción de patria. Fragmento)


6 de julio de 2014

El pequeño paraíso de Storyville


Imagen de la película "Pretty baby" (Louis Malle,  1978)


"La casa de Nell Livingston en Storyville, el infame barrio de la mala vida de Nueva Orleans, no era uno de los grandes y elegantes burdeles de la calle principal. (...) Aquellos lujosos establecimientos de la calle Basin movían buena parte de los dólares del barrio, pero había cientos de otras casas en las calles secundarias donde la música era interpretada por un solo pianista negro, y las muchachas no eran tan guapas; sin embargo, la atmósfera era hogareña y se pasaban muy buenos ratos, alegres e impúdicos, tristes y tiernos a la vez, y las mañanas, noches y tardes se dedicaban al sexo, a la comida, a los bailes y un poco a la risa."

(Willian Harrison, Pretty baby).

Como le comenté a mi amigo Sinhue (serendipia :), Pretty baby no es una gran película ni una gran novela, pero ese ambiente me resulta irresistible...





1 de julio de 2014

El caos primordial


Foto: Bet Z


En otras ocasiones ya hablé de mi incapacidad para orientarme en el espacio. 
Por ejemplo, si voy caminando por Santa Fe hacia Coronel Díaz y, sobre la marcha, se me da por entrar en un negocio, cuando salgo enfilo invariablemente para el lado contrario. 

El viernes andábamos con O. por Palermo buscando un regalo para un amigo cuando, de pronto, supe perfectamente qué recorrido debíamos hacer para llegar al lugar que buscábamos. Y no me equivoqué.

"Estar tan ubicada me asusta", le dije a O.

Por suerte el fenómeno duró poco y, unas cuadras más adelante, ya había recuperado mi tranquilizadora desubicación innata  :-)



28 de junio de 2014

Esos momentos en los que el mundo parece ser un buen lugar


Foto: Bet Z


Un domingo en un parque, por ejemplo. Niños jugando, perros que corren o se frotan el lomo en el pasto, familias sentadas al sol, el viento tibio de abril o noviembre, un cielo azul, limpio. Adolescentes besándose, nenas cuchicheando en grupo, varones jugando al fútbol, bebés observando atentos el camino de las hormigas, explorando una piedra o siguiendo con el dedo la línea que un rayo de sol traza sobre el césped. Viejos jugando a las cartas, a las bochas, al ajedrez. Viejas tejiendo juntas. Un hombre o una mujer sentados en un banco, solos, leyendo. 
El carrito que vende globos de azúcar rosada y manzanas con caramelo. 
La calesita con caballos, naves espaciales, góndolas venecianas y carrozas de reyes. 
El olor de los eucaliptos y de la garrapiñada caliente. 
Risas de chicos, el ruido de las piedritas que arrojan sobre la superficie del lago para hacer patito. Una hilera de nenes y nenes con témperas y papeles, sentados frente a sus atriles, pintando. 
Bicicletas, patines, monopatines, rollers.
Gente corriendo, trotando, caminando, de pie, sentada, acostada, despierta, dormida, sola o acompañada, hablando o en silencio.
Gente haciendo lo que quiere. Animales haciendo lo que quieren. 

Siempre pienso: si un ovni sobrevolara el parque en este momento, los extraterrestres concluirían que los humanos somos muy afortunados, que nuestro mundo es tibio y dorado, lleno de aromas y sonidos exquisitos, que los niños y los animales se dedican a jugar y retozar, y que los adultos hacen lo que les da la gana. 

Después el sol se va, y hay que irse. 
Pero sé que todos guardamos en nuestro corazón la certeza - y la nostalgia- del paraíso que habitamos, al menos por un rato.







23 de junio de 2014

Winter lady


Foto: Yamamoto Masao





Señorita viajera, quédate un rato
hasta que la noche termine.
Yo solo soy una estación en tu camino,
sé que no soy tu amante.

Bueno, yo viví con una chica de nieve
cuando era un soldado
y peleé con todos los hombres por ella
hasta que la noche se volvió más fría.

Ella solía llevar el pelo como tú,
excepto cuando estaba durmiendo
y entonces ella lo trenzaba
con humo y oro y aliento.

¿Y por qué estás tan tranquila ahora
allí, de pie en la puerta?
Elegiste tu camino hace mucho tiempo
Viniste en esta carretera.

Dama viajera, quédate un rato
hasta que se acabe la noche,
Sólo soy una estación en tu camino
yo sé que no soy tu amante.




19 de junio de 2014

Elogio de lo inútil



Foto: Bet Z


"En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones. 
Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural."   
Julio Cortázar


La huella de una boca sobre un vaso 
Las llaves oxidadas
Los  almanaques viejos
Los paraguas abandonados
Las vías muertas
Los espejos rotos
Las tijeras sin filo
Las lapiceras secas
Las fotos que nadie mira
Las cartas nunca enviadas
Los sueños que no se recuerdan
La intención que precede a un gesto
El silencio que precede a una palabra
La palabra que no se pronuncia
El secreto que no se revela




10 de junio de 2014

Misterio absoluto (7)


Encarnación




Mi abuela materna era española, se llamaba Encarnación y llegó a Buenos Aires en la década del '30. Venía de La Coruña, Galicia, y apenas sabía leer y escribir. Poco tiempo después se casó con otro gallego, tuvieron dos hijas, compraron una casa con local y montaron un almacén.
Mi abuelo era un buen hombre, trabajador, interesado en que su aceite y sus aceitunas se vendieran bien. Mi abuela también atendía el almacén, se ocupaba de las tareas de la casa, lidiaba con su asma y criaba a sus hijas. Pero además, leía. Leía mucho. Una vez cumplidos los deberes del hogar, se sentaba en la cocina y leía literatura, filosofía, teología. 
A mi abuela Encarnación - que apenas había aprendido a leer y escribir - también le interesaba la política. Siguió con fervor la campaña del Che a través de la radio, y mantuvo encendidas discusiones con interlocutores ocasionales.
Y la música. A veces se iba sola al teatro Colón, sacaba la entrada más barata y, de pie en el gallinero, seguía el argumento de la ópera en un librito, alumbrándose con una linterna.
No dudó en apoyar a mi madre cuando quiso estudiar piano. Mi abuelo- que pretendía para su hija el mucho más razonable oficio de costurera- decidió acabar con "esa pavada del pianito" rompiéndole todos los cuadernos de ejercicios. Pero mi abuela Encarnación alentó a su hija a rehacer lo deshecho, a desoír el mandato paterno y a escuchar el mandato de su vocación.

¿De dónde sacaba esa gallega sin instrucción, ama de casa y almacenera, semejantes inquietudes? ¿Cuándo y cómo nacieron? ¿Qué estímulo habrá detonado su exquisita sensibilidad?...
Me gusta imaginar que la llave pueda haber sido un libro que el azar puso en sus manos, en su lejana Galicia. O algún cuento que le contaron en su infancia. O las canciones que cantaba en ronda con las niñas del pueblo. O una conversación de grandes sobre injusticias y revoluciones, escuchada detrás de la puerta. O un segmento de La Traviata oído al pasar en la radio, mientras preparaba filloas en la cocina de su casa, en América...

Siempre que escucho historias como las de mi abuela Encarnación me hago la misma pregunta: cuando el entorno es hostil o poco estimulante, cuando todas las circunstancias conspiran para que no suceda... ¿cómo es que sucede? ¿Qué misterio hace que una vocación- o la sensibilidad ante cualquier forma de belleza- tenga lugar, aún en las situaciones menos favorables?... 




6 de junio de 2014

Decirlo así


Foto: Mikko Lagerstedt




Esta mañana hay nieve por todos lados.
Hablamos sobre la tormenta.
Me comentas que no dormiste bien.
Te digo que yo tampoco.
Tuviste una noche terrible. "Yo también."
Estamos tranquilos el uno con el otro,
nos asistimos tiernamente
como si comprendiéramos nuestros estados de ánimo,
las mutuas inseguridades.
Creemos adivinar los sentimientos del otro,
no podemos, por supuesto, nunca podremos.
No tiene importancia.
En realidad es la ternura la que me interesa.
Ese es el don que me conmueve, que me sostiene,
esta mañana, igual que todas las mañanas.

Raymond Carver


2 de junio de 2014

Cuestión de estilo





No digo que resulte fácil. Al contrario. Ser sencillo puede ser una de las cosas más complicadas. 

Vicente Huidobro dijo: "El adjetivo, cuando no da vida, mata".  

En Alicia a través del espejo leemos:
“-Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que quiero que diga..., ni más ni menos.
-La cuestión es –insistió Alicia- si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión –zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda. Eso es todo.”

Horacio Quiroga, en su Decálogo del perfecto cuentista recomienda:
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.

Para Stephen King, el vocabulario es el pan del escritor. Puedes aprovechar lo que tengas sin ningún sentimiento de culpa ni de inferioridad. Es lo que le dijo la puta al marinero vergonzoso: "Oye , guapo, que no es cuestión de lo que tienes sino de cómo lo usas".  

Retomo: no es fácil. 
No siempre encontramos las palabras precisas para decir lo que queremos decir. Cada palabra"dice lo que dice /y además más y otra cosa" advierte Alejandra Pizarnik, por eso con ellas hay que andar con cuidado. Quizás para Quiroga era sencillo saber que "Desde el río soplaba el viento frío" era la mejor, la única forma de describir esa circunstancia. A otros puede costarles mucho más. 
Esa es la tarea, claro. Ese es el chiste. A veces sale. Otras parece que salió, pero no. Y otras, tachamos, cambiamos, suprimimos, rompemos y, finalmente nos resignamos: no hay manera, no logramos decir eso que queremos decir.

Es entendible que a alguien que escribe le dé trabajo, le cueste ser simple. Lo que no soporto es que alguien que escribe decida no ser simple creyendo que eso es escribir bien, que ser un escritor es decir lo más obvio y sencillo del mundo de la forma más rebuscada posible.

Todo esto viene a cuento porque en estos días leí un par de revistas "culturales"con editoriales y reseñas llenas de frases grandilocuentes, lugares comunes y palabras "difíciles", cuyo fin evidente era impresionar al lector demostrando cuán cultos eran sus autores.  El resultado es un texto confuso, pretencioso, ridículo, con una sintaxis enloquecida. Pobres palabras, da pena verlas ahí, tan tensas, tan exigidas, más perdidas que perro en cancha e' bochas...



23 de mayo de 2014

Marea alta


Imagen: Jason de Caires Taylor

I
Desde donde estoy, miro por la ventana y veo gente tomado sol en balcones aterrazados. 
De pronto siento un rumor sordo y un movimiento profundo bajo mis pies, como si hubiese un mar inmenso latiendo debajo del parquet.
Vuelvo a mirar por la ventana y las personas siguen tomando sol en sus balcones, pero ahora flotan plácidamente en un agua transparente que crece y los sostiene. 

II
Llego a un mercado viejo, muy antiguo. Es una especie de galpón con techos altísimos y columnas de hierro. Se cuela el viento, siento el olor del óxido y la sal. 
Hay mucha gente en el mercado. Todos quieren vender los tesoros que el mar imprevistamente les trajo. Sobre una inmensa mesada de mármol veo:
* algunos animales marinos: tortugas de aspecto gelatinoso, palomas con escamas en lugar de plumas, dos o tres peces voladores (las tortugas y la paloma intentan escapar, pero las atrapan). 
* una pequeña escultura de El Principito, cubierta de algas y musgo.
* la escultura rota de un pirata; sobre la base de bronce se lee "Mar Mediterráneo" y también "Vera Italia". 

A mi casa no llegaron el agua y sus tesoros. Siento cómo el mar sigue latiendo, allá abajo.