Imagen: "Barco sonámbulo", Pavel Bergr

21 de julio de 2014

Los músicos


Pintura: Malwina de Brade



Cada uno abandonó su casa hace mucho tiempo. Sin anunciarlo, sin despedirse de nadie, una noche tomaron sus instrumentos y se fueron.
Cada uno caminó largas horas bajo la luna, por un sendero de tierra.
Ninguno sabía adónde se dirigía, pero todos sabían que iban por el camino correcto. 
Finalmente se encontraron, en una encrucijada. Allí los esperaba el carromato, y el cochero de galera, y el caballo  color café con pintas blancas. Entonces los hombres treparon al carro.
Y comenzó el viaje.
Los músicos tocaban sus instrumentos en el carromato, siempre en movimiento. No se detenían en ningún pueblo, en ninguna ciudad. Nadie los veía, pero todos sabían cuándo estaban cerca: el anciano oía las nanas que su madre le cantaba de niño; los niños escuchaban melodías alegres, que bailaban en ronda o batiendo palmas; las mujeres oían un sonido parecido a su propia voz; los hombres oían la canción del océano. Había algunas personas, pocas, que no oían ninguna música. Solo oían el traquetear de las ruedas del carromato por los caminos de tierra, y el ruido de las piedras que golpeaban contra las ruedas. Entonces protestaban durante todo un día, hasta que el ruido de sus voces lograba sofocar el ruido del carro de los músicos, que seguía su viaje hacia otro pueblo.

Los músicos nunca preguntan dónde van, ni si alguna vez terminará el viaje. 

No quieren saberlo.



16 de julio de 2014

La niña que junta estrellas


Imagen: Alaister Magnaldo



Hay una niña que junta estrellas.
Todas las noches sale de su casa y recorre campos, playas y desiertos en busca de estrellas caídas. Las estrellas caídas no son fáciles de ver. 
En el imprevisto descenso pierden el 99% de su luz y, al llegar a la Tierra, no son muy distintas de un guijarro o un terrón de azúcar. 
Pero la niña que junta estrellas las reconoce enseguida. Entre todos los guijarros, ella puede distinguir aquel que brilla como la llama de un fósforo, o como el recuerdo de la llama de un fósforo que acaba de apagarse.
Apenas ve una estrella, la niña la levanta con delicadeza y la coloca en la palma de su mano, formando un cuenco. Luego la tapa ahuecando su otra mano y así se queda unos segundos, para que la estrella entre en calor. Cuando esto sucede, unos hilos de luz intensa comienzan a filtrarse entre sus dedos. Entonces la niña acerca la boca a sus manos- aún cerradas- y le canta una canción a la estrella. Al oír la canción, la estrella recuerda quién es, cómo es su hogar- aquel vasto mar suspendido en la oscuridad- y cuál es la razón de su brillo. La niña entonces abre sus manos y la estrella sale flotando: ya no parece un guijarro ni un terrón de azúcar, parece una estrella.
Así, cada noche, la niña rescata todas las estrellas caídas en los campos, las playas y los desiertos. Luego les ata un piolín y arma varios ramilletes que va soltando aquí y allá, mientras emprende el camino de regreso a su hogar.
Así, cada noche, los hombres y las mujeres se asoman por la ventana de sus casas y miran el cielo lleno de estrellas.  No saben que son estrellas caídas. 
Las estrellas tampoco, ya lo olvidaron. 
Lo que no olvidan es quiénes son, y cuál es la razón de su brillo.


10 de julio de 2014

Mundial


Soy una de tantas mujeres que no ve ni sabe nada de fútbol, pero que se engancha con los mundiales por las razones que solemos esgrimir: por el espectáculo, por la belleza de los estadios (y de algunos jugadores), por la sensación de que cuando se enfrentan una potencia europea y un país latinoamericano o africano, se juega más que un partido de fútbol. Además, la omnipresencia del tema termina ganándonos, por cansancio o contagio.

Ayer, el encuentro Argentina-Holanda nos agarró en la calle y, con O, decidimos ir a verlo a un bar. 

LADO A
El Banderín fue nuestra primera opción. Llegamos a las 17 pasadas y, como era de prever, no cabía un alfiler. Las mesas estaban repletas, había gente de pie, y las cervezas, los cortados, las picadas y los tostados viajaban de la barra a los clientes pasando por las manos de los que quedaban en el medio. En un momento, por la puerta de la esquina se asomó un señor sesentón que, viendo el abarrotado panorama, amagó con pegar la vuelta.
- ¡Washington!- gritó alguien detrás de la barra-. ¡Pasá, pasá!
Entonces, Washington pasó, y le hicieron un lugarcito detrás del mostrador.  
El clima era tan íntimo, alegre y familiar que no daban ganas de irse. Afuera hacía frío, las calles estaban desiertas y esa esquina de Almagro se sentía como un refugio. Así que nos quedamos a ver el primer tiempo de pie, pegados contra la puerta. Delante de nosotros, sentados a una mesa, había una mujer (argentina, con la camiseta de la Selección), su hijito (también con la celeste y blanca) y su hijita, con la camiseta y el sombrero de Holanda. De pie, el papá (holandés, camiseta naranja)  intercambiaba palabras y cervezas con su esposa, y comentaba los dibujitos que sus hijos hacían en las servilletas. También nos previno sonriendo, en su español rudimentario:
"Cuidado con codazos cuando festeje goles Holanda.  3 a 1 va a ser."
"Ah, no sé, eso se verá"le contesté también sonriendo, sin dejar pasar la provocación.

Durante el partido hubo mucho nervio, palabras de aliento, insultos, aplausos, cantitos. Pero lo que más se sentía era la atmósfera de fiesta familiar (de familia que se quiere a pesar de las diferencias, aclaremos).
Así vimos los primeros 45 minutos de Argentina- Holanda. 








 Bar El Banderín ( Fotos Bet Z)


Fin del primer tiempo. La mayoría de los clientes se levantan (fila interminable de mujeres para ir al baño), salen a la calle a fumar, a estirar las piernas y la tensión acumulada. 
Nos gustaría quedarnos, pero la cosa pinta para largo y tenemos ganas de sentarnos. 
Empezamos a caminar en busca de otro bar.


LADO B
Calles semidesiertas. Bares cerrados (un par abiertos, con luces muy fuertes y solo dos mesas ocupadas, una tristeza). Seguimos buscando y llegamos al café de Coronel Díaz y Soler (otro notable, aunque no se parece a los demás). Hay gente, pero quedan un par de mesas libres. Entramos.
En una mesa grande, un grupo de chicos y chicas jóvenes; en otra, cuatro amigas veteranas; en otra, un señor solo; dos chicas sentadas en la barra. La camarera atiende  a los clientes y mira el partido de refilón, sin mucho entusiasmo. La mesa de los jóvenes observa atenta pero tranquila. 
En la mesa de las veteranas, una señora comenta a voz en cuello todas las jugadas, chifla como un camionero, grita, insulta, les desea "un ataque de ACV" a los holandeses, pide que los "maten", que les dé un infarto, critica sus caras, su color de pelo, su piel clara. No parece contenta, ni entusiasmada, ni atenta al partido (más de una vez reacciona ante la repetición de una jugada como si estuviera sucediendo en ese momento). La señora solo hace su show. Quiere que la miren, que le festejen sus gracias y que todos se unan a su vehemente patriotismo y pasión deportiva. 
O. y yo nos miramos consternados. Pero hay quedarse a terminar de ver el partido.

Final del juego: salto de la silla como un resorte ante cada yerro holandés, ante cada gol de Argentina. La veterana se acerca a O. con los brazos abiertos: "Prestámelo un cachito, total vos lo tenés todo el tiempo" dice, y abraza a O efusivamente . Después me toca a mí.
Salimos del bar.


Café Nostalgia (Foto Bet Z)

BONUS TRACK
Mientras caminamos por Coronel Díaz hacia Santa Fe, la calle se va llenando de gente que sale a festejar. Salen con sus camisetas, sus banderas, sus tambores y sus vuvuzelas. Al llegar a Santa Fe ya hay un grupo grande celebrando en la esquina. Un mozo parado en la puerta de la confitería sostiene en una de sus manos la copa dorada. "La vamos a traer" dice, mientras una señora le saca una foto.
Doblamos por Santa Fe hacia Pacífico. Cada vez hay más gente en las calles, pequeñas multitudes marchando y concentrándose en Scalabrini Ortiz, en Plaza Italia. 
Yo también estoy contenta. Es imposible sustraerse al festejo colectivo, y la alegría de los niños es especialmente contagiosa. Pero hay algo en ese desborde, en los llantos desconsolados, en las risas histéricas, en los gritos, que me hace ruido. No sé bien qué hay allí, todo se mezcla en un caldo espeso y difícil de descifrar: la alegría genuina y la impostada; el feliz sentimiento de "patria", de pertenencia a una comunidad, y el peligroso odio al rival, al extranjero, al enemigo. La manifestación de una saludable catarsis y la violencia o frustración contenida y convertida ahora en grito, insulto o revancha. 

De todos modos, y como no puede ser de otra manera, el domingo seré una más, alentando. 


[...]
 “y esta ciudad sin párpados
este país que nunca sueña

de pronto se convierte en el único sitio
donde el aire es mi aire
y la culpa es mi culpa
y en mi cama hay un pozo que es mi pozo
y cuando extiendo el brazo estoy seguro
de la pared que toco o del vacío
y cuando miro el cielo
veo acá mis nubes y allí mi Cruz del Sur
mi alrededor son los ojos de todos
y no me siento al margen
ahora ya sé que no me siento al margen.

Quizá mi única noción de patria
sea esta urgencia de decir Nosotros
quizá mi única noción de patria
sea este regreso al propio desconcierto.”


(Mario Benedetti, Noción de patria. Fragmento)


6 de julio de 2014

El pequeño paraíso de Storyville


Imagen de la película "Pretty baby" (Louis Malle,  1978)


"La casa de Nell Livingston en Storyville, el infame barrio de la mala vida de Nueva Orleans, no era uno de los grandes y elegantes burdeles de la calle principal. (...) Aquellos lujosos establecimientos de la calle Basin movían buena parte de los dólares del barrio, pero había cientos de otras casas en las calles secundarias donde la música era interpretada por un solo pianista negro, y las muchachas no eran tan guapas; sin embargo, la atmósfera era hogareña y se pasaban muy buenos ratos, alegres e impúdicos, tristes y tiernos a la vez, y las mañanas, noches y tardes se dedicaban al sexo, a la comida, a los bailes y un poco a la risa."

(Willian Harrison, Pretty baby).

Como le comenté a mi amigo Sinhue (serendipia :), Pretty baby no es una gran película ni una gran novela, pero ese ambiente me resulta irresistible...





1 de julio de 2014

El caos primordial


Foto: Bet Z


En otras ocasiones ya hablé de mi incapacidad para orientarme en el espacio. 
Por ejemplo, si voy caminando por Santa Fe hacia Coronel Díaz y, sobre la marcha, se me da por entrar en un negocio, cuando salgo enfilo invariablemente para el lado contrario. 

El viernes andábamos con O. por Palermo buscando un regalo para un amigo cuando, de pronto, supe perfectamente qué recorrido debíamos hacer para llegar al lugar que buscábamos. Y no me equivoqué.

"Estar tan ubicada me asusta", le dije a O.

Por suerte el fenómeno duró poco y, unas cuadras más adelante, ya había recuperado mi tranquilizadora desubicación innata  :-)



28 de junio de 2014

Esos momentos en los que el mundo parece ser un buen lugar


Foto: Bet Z


Un domingo en un parque, por ejemplo. Niños jugando, perros que corren o se frotan el lomo en el pasto, familias sentadas al sol, el viento tibio de abril o noviembre, un cielo azul, limpio. Adolescentes besándose, nenas cuchicheando en grupo, varones jugando al fútbol, bebés observando atentos el camino de las hormigas, explorando una piedra o siguiendo con el dedo la línea que un rayo de sol traza sobre el césped. Viejos jugando a las cartas, a las bochas, al ajedrez. Viejas tejiendo juntas. Un hombre o una mujer sentados en un banco, solos, leyendo. 
El carrito que vende globos de azúcar rosada y manzanas con caramelo. 
La calesita con caballos, naves espaciales, góndolas venecianas y carrozas de reyes. 
El olor de los eucaliptos y de la garrapiñada caliente. 
Risas de chicos, el ruido de las piedritas que arrojan sobre la superficie del lago para hacer patito. Una hilera de nenes y nenes con témperas y papeles, sentados frente a sus atriles, pintando. 
Bicicletas, patines, monopatines, rollers.
Gente corriendo, trotando, caminando, de pie, sentada, acostada, despierta, dormida, sola o acompañada, hablando o en silencio.
Gente haciendo lo que quiere. Animales haciendo lo que quieren. 

Siempre pienso: si un ovni sobrevolara el parque en este momento, los extraterrestres concluirían que los humanos somos muy afortunados, que nuestro mundo es tibio y dorado, lleno de aromas y sonidos exquisitos, que los niños y los animales se dedican a jugar y retozar, y que los adultos hacen lo que les da la gana. 

Después el sol se va, y hay que irse. 
Pero sé que todos guardamos en nuestro corazón la certeza - y la nostalgia- del paraíso que habitamos, al menos por un rato.







23 de junio de 2014

Winter lady


Foto: Yamamoto Masao





Señorita viajera, quédate un rato
hasta que la noche termine.
Yo solo soy una estación en tu camino,
sé que no soy tu amante.

Bueno, yo viví con una chica de nieve
cuando era un soldado
y peleé con todos los hombres por ella
hasta que la noche se volvió más fría.

Ella solía llevar el pelo como tú,
excepto cuando estaba durmiendo
y entonces ella lo trenzaba
con humo y oro y aliento.

¿Y por qué estás tan tranquila ahora
allí, de pie en la puerta?
Elegiste tu camino hace mucho tiempo
Viniste en esta carretera.

Dama viajera, quédate un rato
hasta que se acabe la noche,
Sólo soy una estación en tu camino
yo sé que no soy tu amante.




19 de junio de 2014

Elogio de lo inútil



Foto: Bet Z


"En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones. 
Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural."   
Julio Cortázar


La huella de una boca sobre un vaso 
Las llaves oxidadas
Los  almanaques viejos
Los paraguas abandonados
Las vías muertas
Los espejos rotos
Las tijeras sin filo
Las lapiceras secas
Las fotos que nadie mira
Las cartas nunca enviadas
Los sueños que no se recuerdan
La intención que precede a un gesto
El silencio que precede a una palabra
La palabra que no se pronuncia
El secreto que no se revela




10 de junio de 2014

Misterio absoluto (7)


Encarnación




Mi abuela materna era española, se llamaba Encarnación y llegó a Buenos Aires en la década del '30. Venía de La Coruña, Galicia, y apenas sabía leer y escribir. Poco tiempo después se casó con otro gallego, tuvieron dos hijas, compraron una casa con local y montaron un almacén.
Mi abuelo era un buen hombre, trabajador, interesado en que su aceite y sus aceitunas se vendieran bien. Mi abuela también atendía el almacén, se ocupaba de las tareas de la casa, lidiaba con su asma y criaba a sus hijas. Pero además, leía. Leía mucho. Una vez cumplidos los deberes del hogar, se sentaba en la cocina y leía literatura, filosofía, teología. 
A mi abuela Encarnación - que apenas había aprendido a leer y escribir - también le interesaba la política. Siguió con fervor la campaña del Che a través de la radio, y mantuvo encendidas discusiones con interlocutores ocasionales.
Y la música. A veces se iba sola al teatro Colón, sacaba la entrada más barata y, de pie en el gallinero, seguía el argumento de la ópera en un librito, alumbrándose con una linterna.
No dudó en apoyar a mi madre cuando quiso estudiar piano. Mi abuelo- que pretendía para su hija el mucho más razonable oficio de costurera- decidió acabar con "esa pavada del pianito" rompiéndole todos los cuadernos de ejercicios. Pero mi abuela Encarnación alentó a su hija a rehacer lo deshecho, a desoír el mandato paterno y a escuchar el mandato de su vocación.

¿De dónde sacaba esa gallega sin instrucción, ama de casa y almacenera, semejantes inquietudes? ¿Cuándo y cómo nacieron? ¿Qué estímulo habrá detonado su exquisita sensibilidad?...
Me gusta imaginar que la llave pueda haber sido un libro que el azar puso en sus manos, en su lejana Galicia. O algún cuento que le contaron en su infancia. O las canciones que cantaba en ronda con las niñas del pueblo. O una conversación de grandes sobre injusticias y revoluciones, escuchada detrás de la puerta. O un segmento de La Traviata oído al pasar en la radio, mientras preparaba filloas en la cocina de su casa, en América...

Siempre que escucho historias como las de mi abuela Encarnación me hago la misma pregunta: cuando el entorno es hostil o poco estimulante, cuando todas las circunstancias conspiran para que no suceda... ¿cómo es que sucede? ¿Qué misterio hace que una vocación- o la sensibilidad ante cualquier forma de belleza- tenga lugar, aún en las situaciones menos favorables?... 




6 de junio de 2014

Decirlo así


Foto: Mikko Lagerstedt




Esta mañana hay nieve por todos lados.
Hablamos sobre la tormenta.
Me comentas que no dormiste bien.
Te digo que yo tampoco.
Tuviste una noche terrible. "Yo también."
Estamos tranquilos el uno con el otro,
nos asistimos tiernamente
como si comprendiéramos nuestros estados de ánimo,
las mutuas inseguridades.
Creemos adivinar los sentimientos del otro,
no podemos, por supuesto, nunca podremos.
No tiene importancia.
En realidad es la ternura la que me interesa.
Ese es el don que me conmueve, que me sostiene,
esta mañana, igual que todas las mañanas.

Raymond Carver


2 de junio de 2014

Cuestión de estilo





No digo que resulte fácil. Al contrario. Ser sencillo puede ser una de las cosas más complicadas. 

Vicente Huidobro dijo: "El adjetivo, cuando no da vida, mata".  

En Alicia a través del espejo leemos:
“-Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que quiero que diga..., ni más ni menos.
-La cuestión es –insistió Alicia- si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión –zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda. Eso es todo.”

Horacio Quiroga, en su Decálogo del perfecto cuentista recomienda:
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.

Para Stephen King, el vocabulario es el pan del escritor. Puedes aprovechar lo que tengas sin ningún sentimiento de culpa ni de inferioridad. Es lo que le dijo la puta al marinero vergonzoso: "Oye , guapo, que no es cuestión de lo que tienes sino de cómo lo usas".  

Retomo: no es fácil. 
No siempre encontramos las palabras precisas para decir lo que queremos decir. Cada palabra"dice lo que dice /y además más y otra cosa" advierte Alejandra Pizarnik, por eso con ellas hay que andar con cuidado. Quizás para Quiroga era sencillo saber que "Desde el río soplaba el viento frío" era la mejor, la única forma de describir esa circunstancia. A otros puede costarles mucho más. 
Esa es la tarea, claro. Ese es el chiste. A veces sale. Otras parece que salió, pero no. Y otras, tachamos, cambiamos, suprimimos, rompemos y, finalmente nos resignamos: no hay manera, no logramos decir eso que queremos decir.

Es entendible que a alguien que escribe le dé trabajo, le cueste ser simple. Lo que no soporto es que alguien que escribe decida no ser simple creyendo que eso es escribir bien, que ser un escritor es decir lo más obvio y sencillo del mundo de la forma más rebuscada posible.

Todo esto viene a cuento porque en estos días leí un par de revistas "culturales"con editoriales y reseñas llenas de frases grandilocuentes, lugares comunes y palabras "difíciles", cuyo fin evidente era impresionar al lector demostrando cuán cultos eran sus autores.  El resultado es un texto confuso, pretencioso, ridículo, con una sintaxis enloquecida. Pobres palabras, da pena verlas ahí, tan tensas, tan exigidas, más perdidas que perro en cancha e' bochas...



23 de mayo de 2014

Marea alta


Imagen: Jason de Caires Taylor

I
Desde donde estoy, miro por la ventana y veo gente tomado sol en balcones aterrazados. 
De pronto siento un rumor sordo y un movimiento profundo bajo mis pies, como si hubiese un mar inmenso latiendo debajo del parquet.
Vuelvo a mirar por la ventana y las personas siguen tomando sol en sus balcones, pero ahora flotan plácidamente en un agua transparente que crece y los sostiene. 

II
Llego a un mercado viejo, muy antiguo. Es una especie de galpón con techos altísimos y columnas de hierro. Se cuela el viento, siento el olor del óxido y la sal. 
Hay mucha gente en el mercado. Todos quieren vender los tesoros que el mar imprevistamente les trajo. Sobre una inmensa mesada de mármol veo:
* algunos animales marinos: tortugas de aspecto gelatinoso, palomas con escamas en lugar de plumas, dos o tres peces voladores (las tortugas y la paloma intentan escapar, pero las atrapan). 
* una pequeña escultura de El Principito, cubierta de algas y musgo.
* la escultura rota de un pirata; sobre la base de bronce se lee "Mar Mediterráneo" y también "Vera Italia". 

A mi casa no llegaron el agua y sus tesoros. Siento cómo el mar sigue latiendo, allá abajo.



21 de mayo de 2014

Injusticia



Ilustración: John Tiennel


La sala está repleta. Se escuchan murmullos, puertas que se abren y cierran, pasos, algunas corridas, detalles de último momento. Entre la concurrencia hay una gran expectativa: este será el primer juicio por jurado que se realizará en el país. 
Por una puerta lateral comienzan a ingresar los miembros del jurado. Caminan sin mirar al público y, discretamente, ocupan sus lugares. Se los ve serios, intimidados por el compromiso que están a punto de asumir. Entre ellos, Wanda Nara y Mauro Icardi cuchichean y ríen por lo bajo. 
Entra el juez y se sienta en el estrado. Alguien pide silencio. El juicio está por comenzar. 







12 de mayo de 2014

Muchas felicidades II


Imagen: Lieko Shiga



Felicidades grandilocuentes como fuegos artificiales 
o pequeñas microscópicas invisibles
felicidades mudas, innombrables
felicidades densas, pesadas, musgosas,  
felicidades amarillas
felicidades discretas apenas susurradas
felicidades inadvertidas
felicidades ostentadas, exhibidas
felicidades secretas
365 felicidades
haciendo equilibrio
cada día
surfeando
saltando
esquivando
buceando
volando
por encima de
todo lo demás
todo lo demás
todo lo demás.

3 de mayo de 2014

El comerciante de palabras


Imagen: Jerónimo


En el siglo XIX, en los estados balcánicos, de fronteras cambiantes, había un hombre que iba de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo. Era un comerciante de palabras. Recogía palabras durante sus viajes y se las ofrecía a los que las necesitaban.

A las gentes de las montañas les enseñaba "marea" y "ola"(...) A quienes se mantenían alejados de la civilización mecánica, les llevaba las palabras "automóvil", "avión", o "submarino". En los países tórridos, hablaba de "nieve" y de "glaciares".

Si este hombre llegó a ser casi célebre en su vida, al menos entre los amantes del vocabulario y del lenguaje, es porque ponía en su trabajo una pasión rara. Y así, a las denominaciones añadía, por iniciativa propia, palabras que se aplicaban a las emociones, a los sentimientos, a los recovecos del pensamiento, a los estados del espíritu sutiles y peculiares. Sus palabras procedían de todos los países de la Tierra, de tal forma que los pueblos que se nutrían de sus aportaciones se expresaban, a veces, en una lengua que brillaba como un mosaico universal.

Cuando llegaba a un lugar, en parajes donde pocos viajeros de la época se aventuraban, acudían a verlo a la caída de la noche algunos vecinos que se dirigían a él casi como a un confesor. Le contaban todo tipo de cosas con detalle, tratando de describir el sentimiento que experimentaban y para el que no encontraban la palabra en su lengua. El comerciante de palabras escuchaba con atención, formulaba a veces algunas preguntas breves y les proponía una o dos palabras. En ocasiones pedía un tiempo prolongado para reflexionar, a veces toda la noche, y consultaba sus anotaciones en los numerosos cuadernos que llenaban su carreta.

Detrás de sus esfuerzos cotidianos se desarrollaba una teoría grave y secreta, según la cual todos los pueblos de la Tierra piensan y sienten de la misma manera, pero la ausencia de palabras de unos u otros puede impedir que tal o cual sentimiento aparezca. De ese modo, nos creemos desprovistos de lo que no podemos nombrar.

El comerciante saboreaba la belleza de las palabras (...) porque conocía su precio y su valor. Le gustaban las palabras más que las frases, las palabras solas, aisladas, ricas sólo por su propia fuerza. Consideraba que la disposición de las frases, siempre artificial y a menudo arbitraria, privaba a las palabras de su belleza salvaje, individual, y las ahogaba en el embrollo de la sintaxis. Una palabra, una sola, le bastaba para poner el mundo en marcha, para desentrañar un nuevo secreto, para añadirle un nuevo resplandor.

Hacia comienzos de los años setenta, poco a poco, percibió una disminución de la curiosidad de los pueblos que visitaba, como si tuvieran menos necesidad de palabras o, al menos, de palabras nuevas, de palabras llegadas de otros lugares. Al principio creyó que aquél desinterés sería pasajero. Se engañaba.

Percibía que la atmósfera del mundo se modificaba peligrosamente, y no le quedó más remedio que empezar a rendirse ante la decepcionante evidencia: desaparecían las palabras todos los días y para siempre, tragadas por el abismo oscuro del olvido, que constituye el infierno del lenguaje y al que nuestra pereza le abre las puertas de par en par. Sí, cada vez había menos palabras en el mundo. (...) Los oídos humanos se cerraban a las palabras de los otros.

Al acercarse el final del siglo XX, el vendedor de palabras comprendió que la situación estaba irreversiblemente perdida y que lo que había constituido el eje y el alma de su vida iba a desaparecer. Por inverosímil que pudiera parecer, la humanidad se contentaba con un vocabulario empobrecido y mediocre. La maldición de Babel se cumplía, pero al revés.

¿Cuáles serían las consecuencias en la inteligencia? ¿Y en la belleza? ¿Y en las relaciones entre los individuos o entre los pueblos?

Aquella situación le recordaba al árbol de frondosa copa que poco a poco iba perdiendo las hojas y las ramas para convertirse en un tronco seco. A veces, se atrevía a imaginar un universo en el que, noche tras noche, por ausencia de mirada, se borraran las estrellas.


El comerciante de palabras, con más de ochenta años al comenzar el año 2000, iba de casa en casa, despacio, tendiendo la mano. Ya no tenía nada que ofrecer como mercancía a quienes, por lo demás, nada le pedían. Al final, sólo sabía decir "please".

Murió solo, en alguna parte del camino de montaña entre Macedonia y Bulgaria. Nadie sabe cuál fue su última palabra.

Anónimo
(incluido en El segundo círculo de los mentirosos, una compilación de relatos tradicionales de Jean-Claude Carrière)

Pueden leer el texto completo aquí.


30 de abril de 2014

Aliados


*


Estoy en una reunión de amigos, tocando la guitarra. De pronto recuerdo una vieja canción Uy, cuánto hace que no la canto... Pero cuando estoy a punto de hacerlo, alguien hace un comentario, nos ponemos a hablar de cualquier otra cosa, tomamos o comemos algo, las dispersiones propias de cualquier reunión. 
Al rato me dispongo a retomar la canción, pero ya no recuerdo cuál era. Qué desastre mi memoria, digo. Y por más esfuerzos que hacemos todos, no logramos descubrir de cuál se trataba.

Me despierto. 
Todavía no amaneció. 
Sentado en el umbral de Dios, pienso de golpe.
En un primer momento no sé de dónde sale eso, pero al rato me doy cuenta: por suerte, la vigilia vino en auxilio del sueño.


Sentado en el Umbral de Dios by Charly García on Grooveshark

* s/datos autor de la foto

25 de abril de 2014

Pretensiones


Pintura: Frida Kahlo



Quiero reencarnar.
Ya lo decidí.
No me resigno a no ser una cubana
que riega sus macetas en un balcón de La Habana vieja.
O a ponerme un velo e ir hasta el zoco en Marruecos,
a comprar azafrán, cardamomo, nuez moscada.
No me resigno a no ser un joven griego
atrapando peces en el Mediterráneo
o un anciano de Sada o La Coruña yendo a la iglesia del pueblo
a misa de seis.

O una niña esquimal, que anda en trineo y juega con osos y con zorros
y duerme en una casa hecha de bloques de nieve.

No quiero perderme ser un  gato, un gorrión,
un pato, una pantera,
un palo borracho, una santa rita, una montaña,
una crisopa, un lobo, un río, una piedra.
No quiero perderme ningún rincón del mundo,
ni uno solo de sus vientos, sus lluvias, su nieve, sus desiertos
sus playas, sus bosques, sus caballos.
No quiero no ser eso, todo eso, alguna vez.

No me quiero perder a nadie,
que no queden afuera abuelos, madres, padres,
hijos, hijas, nietos, hermanos,  
 mascotas, perros, peces.

No me quiero perder ninguna línea de ningún libro,
quiero ser quien escribe cada una de esas líneas,
quiero hablar todas las lenguas 
sonar todas las músicas
ser el fuego que baja del volcán 
y la piedrita entre las piedras del camino.

Y sobre todo no me resigno 
a ser esta que soy una sola vez
quiero ser de nuevo varias veces
la que soy
la  que pudo ser
y la que será 
cien veces,
mil, un millón
cada vez que reencarne en mí,
es decir,
en todo.



22 de abril de 2014

Una vuelta por Berlín


Hace poco me enteré de que Berlín describe un círculo perfecto.
Es decir: uno empieza a caminar por Berlín, sigue, sigue, da una vuelta completa y termina... en Berlín. Con O. visitamos muchas veces Parque Chas, pero no conocíamos este dato. Así que el viernes a la tarde decidimos ir a investigar el asunto.

Este es el registro de nuestra expedición:













    Nótese que íbamos por la vereda de la sombra, la cual, 
     en alguna parte del trayecto, pasó a ser la vereda del sol.


























Conclusión: efectivamente, Berlín forma un círculo perfecto.

Y ahora, una secuencia en la que se puede apreciar el principio y el fin de esta calle-calesita.
La referencia es la casa de la esquina, con la sombrilla amarilla en la terraza. La calle que se ve a la izquierda, frente a la plaza, es Berlín al 4500. 




Desde este punto de vista giramos despacito. La primera calle que se ve (a la derecha de la casa de la sombrilla) no es Berlín, sino Gándara. Seguimos girando despacito (la referencia ahora es el container de basura)...


 ...y entonces sí nos encontramos con Berlín al 3900 (digamos, el principio).







"Este singular barrio porteño parece funcionar como un Cosmos independiente, con sus propias leyes geométricas y físicas, donde es fácil entrar y muy difícil salir, donde sus calles parecen curvadas en misteriosas dimensiones, como si se tratara de una trampa urbana, de un juego de ingenio, de un cubo de Rubik en las manos de un gigante...", dicen Guillermo Barrantes y Víctor Coviello en Buenos Aires es Leyenda 2. 


Será por eso que lo quiero tanto.


18 de abril de 2014

Cuatrocientos pesos en París


*


Descendemos de un barco tipo Buquebús. Es de noche. Estamos en París.

Con O. empezamos a caminar por una vieja calle empedrada. Está muy oscuro pero puedo sentir el rumor del mar, cerca. Me da miedo la oscuridad, y la presencia de ese mar negro. De pronto la escena se ilumina (¿la luna? ¿un farol?) y veo cómo el mar lame el empedrado con verdín. Las piedras brillan, el verdín se vuelve fosforescente.

Seguimos caminado por calles oscuras y desoladas, con edificios feos, sin gracia. "Para esto nos íbamos a pasear por Once o Constitución", digo decepcionada. Pero en ese momento emergen dos o tres antiguas construcciones parisinas, majestuosas, de una belleza que me hace llorar. "Y eso que todavía no vi la Tour Eiffel ni el Arc du Triunfe", le comento a O.  "No sé si lo podré resistir".

Entramos a una especie de bistró. El ambiente es agradable, hay mucha madera, pequeñas mesas redondas, luz tenue, aroma dulzón. Un camarero comienza a traernos pequeñas porciones de diferentes platos, probamos, saboreamos, tomamos vino. Suena una orquesta  de jazz. Dos mujeres jóvenes y bellas bailan sobre una mesa; en otras partes del salón, diferentes actores, bailarinas y cómicos llevan a cabo sus números de varieté.

Salimos del bistró. París es un túnel oscuro, lleno de niebla y encanto. Nos sentimos un poco mareados por el vino, la música, el erotismo del show que acabamos de presenciar. Abro mi cartera y en su interior veo cuatro billetes de cien pesos atados con una gomita. "Dios mío", digo, "me dejé la plata en casa. Me olvidé de traer la plata. Tenemos cuatrocientos pesos en París, ¿qué vamos a hacer?"
A continuación se suscita un breve diálogo: "¿Estás segura?" "Sí, no lo traje." "¿Servirá la tarjeta de débito?¿Podremos sacar plata de algún cajero?" "Qué sé yo"
Después nos quedamos callados. Nos miramos.
"Tenemos cuatrocientos pesos, estamos en París", decimos.
Y seguimos caminando, muertos de risa.


  Lambchops, Do You Belive Me by Janet Klein & Her Parlor Boys on Grooveshark

* la encantadora señorita que ilustra y musicaliza este post es Janet Klein, a quien conocí en Blues y algo más (el gran blog que supo tener mi amigo Sinuhe, gracias!)

13 de abril de 2014

El hilo rojo



Ilustración: Hajnalka Cserháti

Según una antigua creencia oriental, un hilo rojo invisible conecta a las personas que están destinadas a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper.

Supuestamente, esta creencia nace cuando se descubre que la arteria ulnar conecta el corazón con el dedo meñique. 

Cuenta la leyenda que en la Luna vive un anciano. 
Cada noche, el anciano  sale a buscar las almas que deben unirse en la Tierra y, cuando las encuentra, las enlaza por el dedo meñique con un hilo rojo, para que jamás se pierdan.



Dedicado a los que están del otro lado del hilo, dentro y fuera de la Luna