Foto: Bet Z
En el posteo anterior conté que anduve ordenando mi biblioteca, haciendo espacio y preparando el terreno para la llegada de nuevos libros. Ya cayó la primera semilla.
Ayer llegó a mis manos un librito de Anagrama, Bestiario, que reúne varios cuentos breves de Kafka protagonizados por animales (o por Odradeks...)
Hasta ayer, Kafka era para mí solo- y nada menos que- Gregorio Samsa. Hoy, en el colectivo, en el ascensor, en la cocina, en el bosque - no podía dejar de leer- descubrí que es mucho, muchísimo más. En algunos relatos creí escuchar la voz de Borges y en otros, para mi sorpresa, la de Cortázar. Pero, a su vez, la voz de Kafka es absolutamente singular.
Qué placer dar con un libro que te toma del cuello y no te suelta... qué felicidad esta lectura...
Para compartir el descubrimiento, y a manera de muestra, les dejo este cuentito tan delicioso como estremecedor.
Preocupaciones de un jefe de familia
Algunos dicen que la palabra "Odradek" es
de origen eslovaco, y basándose en esto tratan de establecer su etimología.
Otros, en cambio, creen que es de origen alemán y solo presenta influencia
eslovaca. La imprecisión de ambas interpretaciones permite suponer, sin
equivocarse, que ninguna de las dos es verdadera, sobre todo porque ninguna de
las dos nos revela que esta palabra tenga algún sentido.
Naturalmente, nadie se ocuparía de estos estudios si
no existiera en realidad un ser llamado Odradek. A primera vista se asemeja a
un carrete de hilo, chato y en forma de estrella, y, en efecto, también parece
que tuviera hilos arrollados; por supuesto, solo son trozos de hilos viejos y
rotos, de diversos tipos y colores, no solo anudados, sino también enredados
entre sí. Pero no es solamente un carrete, porque en medio de la estrella
emerge un travesañito, y sobre este, en ángulo recto, se inserta otro. Con
ayuda de esta última barrita, de un lado, y de uno de los rayos de las
estrellas, del otro, el conjunto puede erguirse como sobre dos patas.
Uno se siente inducido a creer que esta criatura
tuvo, en otro tiempo, alguna especie de forma inteligible y que ahora está
rota. Pero este no parece comprobado; al menos, no hay nada que lo demuestre;
no se ve ningún agregado o superficie de rotura que corrobore esta suposición;
aunque el conjunto es absurdo, parece completo en sí. Y no es posible dar más
detalles, porque Odradek es extraordinariamente ágil y no se deja atrapar.
Habita alternativamente en la buhardilla, debajo de
la escalera, en los pasillos y en el zaguán. A veces no se deja ver durante
varios meses, como si se hubiese ido a otras casas, pero siempre vuelve,
fielmente, a la nuestra. A veces, cuando uno sale por la puerta y lo descubre
arrimado a la baranda, al pie de la escalera, siente deseos de hablarle.
Naturalmente, uno no le hace una pregunta difícil, más bien lo trata- su tamaño
diminuto es tal vez el motivo- como a un niño.
- Bueno, ¿cómo te llamas?
-Odradek -dice él.
-¿Y dónde vives?
-Domicilio desconocido -dice, y ríe. Claro que es la
risa de alguien que no tiene pulmones, suena más o menos como el susurro de
hojas caídas.
Y así termina generalmente la conversación. Por otra
parte, no siempre responde; a menudo se queda callado, como la madera de la que
parece estar hecho.
Ociosamente me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede
morir? Todo lo que se muere tiene que haber tenido alguna especie de intención,
alguna especie de actividad que lo haya gastado; pero esto no puede decirse de
Odradek. ¿Será posible entonces que siga rodando por las escaleras y
arrastrando pedazos de hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis
hijos? Evidentemente no hace mal a nadie; pero la suposición de que pueda
sobrevivirme me resulta casi dolorosa.

