Encarnación
Mi abuela materna era española, se llamaba Encarnación y llegó a Buenos Aires en la década del '30. Venía de La Coruña, Galicia, y apenas sabía leer y escribir. Poco tiempo después se casó con otro gallego, tuvieron dos hijas, compraron una casa con local y montaron un almacén.
Mi abuelo era un buen hombre, trabajador, interesado en que su aceite y sus aceitunas se vendieran bien. Mi abuela también atendía el almacén, se ocupaba de las tareas de la casa, lidiaba con su asma y criaba a sus hijas. Pero además, leía. Leía mucho. Una vez cumplidos los deberes del hogar, se sentaba en la cocina y leía literatura, filosofía, teología.
A mi abuela Encarnación - que apenas había aprendido a leer y escribir - también le interesaba la política. Siguió con fervor la campaña del Che a través de la radio, y mantuvo encendidas discusiones con interlocutores ocasionales.
Y la música. A veces se iba sola al teatro Colón, sacaba la entrada más barata y, de pie en el gallinero, seguía el argumento de la ópera en un librito, alumbrándose con una linterna.
No dudó en apoyar a mi madre cuando quiso estudiar piano. Mi abuelo- que pretendía para su hija el mucho más razonable oficio de costurera- decidió acabar con "esa pavada del pianito" rompiéndole todos los cuadernos de ejercicios. Pero mi abuela Encarnación alentó a su hija a rehacer lo deshecho, a desoír el mandato paterno y a escuchar el mandato de su vocación.
¿De dónde sacaba esa gallega sin instrucción, ama de casa y almacenera, semejantes inquietudes? ¿Cuándo y cómo nacieron? ¿Qué estímulo habrá detonado su exquisita sensibilidad?...
Me gusta imaginar que la llave pueda haber sido un libro que el azar puso en sus manos, en su lejana Galicia. O algún cuento que le contaron en su infancia. O las canciones que cantaba en ronda con las niñas del pueblo. O una conversación de grandes sobre injusticias y revoluciones, escuchada detrás de la puerta. O un segmento de La Traviata oído al pasar en la radio, mientras preparaba filloas en la cocina de su casa, en América...
Siempre que escucho historias como las de mi abuela Encarnación me hago la misma pregunta: cuando el entorno es hostil o poco estimulante, cuando todas las circunstancias conspiran para que no suceda... ¿cómo es que sucede? ¿Qué misterio hace que una vocación- o la sensibilidad ante cualquier forma de belleza- tenga lugar, aún en las situaciones menos favorables?...



